La curadoría: ¿Engaño u ornato?

lucha-libre

Como he percibido un crecimiento importante en el uso del término curador, me permito hacer algunas reflexiones acerca del tema, quizás un poco pensando en dimensionar la naturaleza y valía de tan estoica actividad, y otro tanto en aportar elementos de comprensión.

En los últimos veinte años, la figura del curador ha adquirido una creciente importancia, tanto en el debate acerca de las prácticas culturales, como en la circulación de las producciones artísticas. Pero es en la última década donde el comisariado terminó por adoptar la forma y las funciones que tanto gustan y que hacen las delicias de chicos y grandes.

Más allá de las reacciones encontradas que provoca, su visibilidad hace evidente el protagonismo que ha adquirido su discurso y su relevancia como agente mediador entre instituciones, practicantes culturales y públicos.

El debate en torno a la importancia, la utilización y la proliferación de la práctica curatorial en muchos casos y en muchos momentos aboga por la desaparición y/o la modificación sustancial de dicha práctica.

Ahora bien, resulta que hoy y aquí, desde donde estoy escribiendo, la curaduría como tal, realmente ha batallado para siquiera establecerse como una figura real, de peso y de necesidad en nuestros heroicos museos, galerías, cuchitriles alternativos y centros culturales.

De hecho, en casi todo el país siguen siendo pocos son los espacios que poseen una plaza de curador -ya ni digamos un departamento de curaduría- y quien osa aventurarse a tales lides, lo hará bajo el amparo de ser, en la nómina, el museógrafo, el encargado de mantenimiento o el afanador en jefe, que para fines prácticos es casi lo mismo.

Más allá de hablar o de definir el concepto curador -que deviene de comisario y que a su vez deviene de encargado o cuidador-, es prioritario delinear sus funciones y su importancia.

El papel del curador, especialmente el de arte contemporáneo, que es el que más me interesa, ha terminado por ser, en algunos proyectos, tanto o más “importante” que el de los propios artistas, de los que en todo caso se vale para erigir sus proyectos. De ser una suerte de intermediario entre el propietario de bienes culturales, la práctica artística y sus públicos, ha pasado a ser el filtro necesario y homogeneizador del discurso, ya oficial, ya alternativo, ya oficialmente alternativo o ya alternativamente oficial.

Es, haciendo una analogía poco elegante pero práctica, el embudo o filtro que hoy día utilizan las instituciones, los concursos y ya casi cualquiera que desee tener un parapeto perfecto para su toma de decisiones.

Ahora bien, ser curador no es sencillo. Requiere, entre otras cosas, estar al tanto de lo que ocurre en los terrenos del arte, especialmente del que pretenda abordar; conocer a los artistas y sus trabajos; visitar museos, galerías y ferias de arte; publicar en revistas, periódicos, websites y cuanto espacio sea posible. También debe poder trabajar de la mano con los elementos logísticos de las instituciones que hacen posible una exposición; encargarse del montaje general de las obras, proponiendo un orden de lectura para éstos.

Además debe encargarse de la propuesta conceptual general del proyecto, las relaciones con la sede, el cronograma, cartas de invitación a los artistas, la imagen y diseño de la exhibición, las listas de obra, formas de préstamo, presupuesto(s), los planos del espacio en relación a la maquetación, la logística de transportación, seguros, solución a las necesidades técnicas, manejo de medios, etcétera.

Siempre debe partir desde un punto de vista propio, desde su formación y bagaje cultural. Ser curador debe ser entendido como una labor creativa donde el artista que acepta poner sobre la mesa de análisis su obra, siendo capaz de tomar suficiente distancia de ellas, para permitir que éste haga su lectura y posterior traducción en forma corpórea de exposición, programa o evento. En otras palabras, el curador debe también poseer la capacidad y gracia de volverse el terapeuta, padre o madre putativa o el paño de lágrimas del artista.

Un curador debe ser, en amplios términos, un investigador, un estudioso que proveniente preferentemente de diferentes áreas del saber: filosofía, antropología, psicología, historia, etcétera y que se dirige hacia el arte como fuente de análisis y de conocimiento.

No obstante, al llegar ahí de todas formas nos encontramos con que un buen porcentaje de curadores de arte contemporáneo son o están más cercanos a la charlatanería o a la fiesta, que a la configuración de un “algo”, de un discurso y un diálogo sustancial. Si pues, se trata de estar o pretender estar en el mainstream, pero ¿cómo? No importa, lo único que cuenta es figurar o intentar hacerlo. Curador que se mueve no sale en la foto (ni en la agenda de pagos).

Personalmente creo que todo ello ha llevado a ya casi generar el manual del buen curador donde se define qué pasos o qué procedimientos deben seguirse para ser considerado el nuevo curador del barrio. Por mencionar sólo algunas: ser políticamente correcto, pero aparentando no serlo; intentar ser críptico, apocalíptico o al menos integrado, usando, aunque deleznando tiernamente el entorno inmediato.

Parecer informado, usar en sus statements expositivos por lo menos cuatro términos apantalladores, diez citas textuales y un bonche de referencias de lo más disímbolas, así como bautizar a sus proyectos con títulos rimbombantes y of course en lengua extranjera, en orden de complejidad y/o pretensión: inglés, francés, alemán y latín (esto obviamente se ajusta de acuerdo a la nacionalidad del curador en turno).

Más allá de eso, si hay que aceptar que es el curador el que toma el riesgo de presentar a un artista, a un proyecto, una serie de objetos o a un discurso, y que eso no lo hace meramente por egolatría, sino simplemente por ser consecuente con la labor que se ha echado a cuestas.

Debemos recordar que una buena parte de los productos artísticos contemporáneos hoy mismo son o existen a partir de la necesidad real o inventada por los curadores y sus conceptos. Esto nos lleva otra parte, la permisividad. En un ámbito en el que luego del fin de las vanguardias (¿vanguardias? ¿qué es eso?) pareciera que todo se vale.

Los curadores más que nadie han hecho suya la sentencia y han prodigado ideas, y con ello generado productos culturales que en repetidas ocasiones al parecer su único fin fuera molestar, incomodar o, por lo menos, sorprender.

Pero atención, uno de los tantos riesgos que ha de tomar el curador es el de la rutilancia  efímera y el fácil olvido también. Puede lo mismo desarrollar todo un metalenguaje y construir un bunker conceptual a prueba de balas y bobos, o ser tan banal como querer combinar los zapatos y la bolsa con los pensamientos y tan malo como pegarle a la madre o un partido de futbol del Querétaro contra San Luis.

En fin, escribir del tema puede ser una veta inagotable, pero mejor se los dejo a su amable criterio y, sobretodo, insistiría en que se analice que un seleccionador de cuadros o una persona con una linda idea o un apellido “noble” no es ni de cerca un curador. Para eso faltan muchas más cosas aún.

Anuncios