Round de sombra

Texto de Abraham Cruzvillegas publicado originalmente en la revista XTAA (Ex Teresa Arte Actual) en el Número Tres correspondiente al tercer trimestre de 1999. Luego con ese mismo nombre tituló su libro editado por Conaculta en 2006, en el que recopila una treintena de textos sobre el arte contemporáneo.  El libro se vende en las librerías Educal y en la Gandhi dentro de una sección llamada Historia, Teoría y Crítica de Arte.

 

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ROUND DE SOMBRA.

Abraham Cruzvillegas

 Balo, un amigo muy cercano, no sólo querido, admirado y respetado, sino también temido por ser practicante de varias artes marciales, nos invitó (a Sofi, al Tasajo y a mí) a un torneo de boxeo tailandés y full-contact, que tuvo como escenario una discoteque de perfil clasemediero llamada La Boom, al norte de esta ciudad, inaugurada a mediados de los años noventa por la menudita actriz Verónica Castro (quien tuvo un hijo con el actor “El Loco” Valdez en los años setenta). El lugar en si no tienen nada que ver con el boxeo ni con las disciplinas orientales, a pesar de que su nombre recuerda al potentísimo italo-americano Ray “Boom-Boom” Mancini, gloria mundial del arte de fistiana cuando yo era un muchacho.

Habían colocado al centro del tugurio un ring reglamentario elaborado por los profesionales de la casa de Cleto Reyes, de seis por seis, con luces en las esquinas neutrales, cuatro cuerdas y ombligonas entre round y round.

El referee era el entrenador de Balo y algunos de los peleadores emergentes del programa entrenan con él. Incluso había dos campeonatos nacionales en disputa. Se anunció e inició la primera pelea, en la que hubo sangre, patadas y cosas extrañas. Contrariamente al boxeo ortodoxo, este deporte –full contacto- tiene reglas muy relajadas y poco asequibles en un sentido deportivo y también como espectáculo.

¿Cómo decide el referee cuándo detener la pelea, cuándo una caída es legal, cuándo hacer conteos de protección, cuándo llamar la atención o descontar puntos? ¿Cómo gana el ganador si no es contundentemente o por Knock-Out? Nadie supo.

De los seis combates, sólo el primero fue ganado por KO efectivo. Yo aprendí que en el boxeo Tahi no se usan botines, que en ambas formas de peleas se pueden usar los dos tipos de guante y que tener líos con cualquiera de aquellos atletas es, literalmente, “ponerse con Sansón a las patadas”. Posteriormente le comenté a Balo que no me habían disgustado las peleas, pero que estaba un poco confundido en relación a las reglas y el riesgo. Él opinó que regularmente, cuando un deporte tiene pocas o no tiene reglas, se vuelva muy aburrido para el que lo contempla. Sin embargo el riesgo lo sigue corriendo el que lo practica.

En este caso no fue para tanto, nos entretuvimos y lo pasamos bomba. Como espectáculo en el que se pone en riesgo la vida de alguien, el empresario es responsable de lo que suceda, sin embargo, el trabajo y el esfuerzo, o la propia vida de un deportista pueden desaparecer de un solo golpe. Todo lo periférico (entrenadores, operadores, aguadores, productores, empresarios, asistentes, sparrings, compadres) De esta actividad, sigue adelante, lamentándose, olvidándose, pero sigue. The show must go on. Pensé que, de manera similar, mucho de arte actual, en su aparente y dispareja falta de reglas, se vuelve aburrido para un buen número de personas, no divierte. Puede detectarse un sector aficionado al arte, un socarrón guiño de ojo experto, para el que sólo hay dos tipos de arte contemporáneo: el feo y el nauseabundo.

Mas allá de este falso problema, el asunto de la reglamentación en el arte es francamente un absurdo y ni modo, se seguirán aburriendo. Cada artista pone y construye sus propias metodologías, reglas, leyes y órdenes; mismas que, muy probablemente, en una buena cantidad de ejemplos, están, han estado y seguirán estando basadas en un conjunto indescifrable por subjetivo, de contradicciones, llamadas estas últimas, por algunos, praxis. Precisamente en estas contradicciones y rupturas está la riqueza de su obra: en el riesgo. La idea del estilo tal vez sea mas agradable o fácil de entender, pero creo que aquí también hay patadas, y las más fuertes son las que se da el artista a sí mismo. Cuando un artista corre riesgos está quitando maleza, está explorando y a veces hace camino que no conducen hacia ningún lado, a veces construye laberintos de los que nunca saldrá. Frentazo tras frentazo. Full-contacto. También aquí hay toda una estructura, tal vez más grande, compleja e indescifrable que el arte contemporáneo mismo: sus sistemas de distribución. Sin embargo quiero hablar tan solo de un micro-aspecto de este macro-enredo: la curaduría.

Sinceramente, creo que como artista, resulta muy difícil afirmar un discurso personal, mantenerlo, reafirmarlo, refrendarlo frecuentemente con obras fresca, personales y además arriesgar. Hay que saber diferenciar entre estilistas y fajadores. También creo que, actualmente no es tan dificultoso el camino para quien quiera proclamarse como curador. Entre los que conozco, creo que hay mas que artistas, respeto a menos de los que me imagino.

Subrepticiamente el paisaje se invadió de curadores. Dijo Raúl El Ratón Macías: “Todo se lo debo a mi manager”. No conozco ningún artista que haya afirmado “todo se lo debo a mi curador”, tampoco conozco a alguno que diga lo mismo pero en un sentido negativo.

¿Que es un curador? ¿Para qué sirve? ¿Cómo se reproduce? Tal vez la primera vez que escuché ese término fue calificando al excéntrico Guillermo Santamarina (a quien había visto actuar en el papel de punk, en la serie televisiva de los ochentas Cachún-cachún ra-ra, producida por Luis de Llano Macedo, hermano de la cantante Julissa). Fue invitado a evaluar, de acuerdo a su experiencia como curador, una exposición en la que participé en el año 1987. Hizo algunas recomendaciones, compuso unas cosas, hizo personales aportaciones a otras, rehízo la muestra, originalmente armada por una señora que tenía mas entusiasmo que conocimiento. De ahí en adelante, la imagen de un curador correspondía con la del Tin-larin (mote que ha hecho célebre a Santamarina). Poco a poco, de manera práctica, colaborando de diversas formas en distintos proyectos del Tin, entendí que el trabajo de un curador es también arte. Entendí que la curaduría es una operación de fenómenos tales como una exposición, una conferencia, un libro, un catálogo de obra, el diseño de museografía, la ejecución de una obra, o todo junto, en forma de sistema de conocimiento. Entendí también que  (para suerte o desgracia de artistas y curadores) regularmente el aspecto comercial de un proyecto no es medular, pero tampoco ajeno a la curaduría. Hay elementos paralelos a este asunto que escapan, por ahora, de mi interés, pero que no son menos importantes, como la actividad  conocida como fund-raising, el patrocinio, la subasta las galerías, el coleccionismo, las fundaciones y la compra-venta de obra. Muchas veces, sin estos elementos, la curaduría no puede funcionar. Como he entendido, la curaduría tampoco consiste en escoger obras y reunirlas a propósito de un pretexto o un tema. Tampoco es tomar un tema y solicitar la realización de obras sobre el.

Es un trabajo mucho más arduo, que implica visitas regulares  a los centro de trabajo de los artistas (lo que antes se conocía, de manera más romántica, como la visita al estudio), conocer sus ideas, conocer su obra en el largo plazo. El curador sabe cuándo los artistas corren riesgos y cuándo activar procesos de dialogo con ellos y con otros artistas.

 El curador no es necesariamente un promotor. Regularmente los promotores van a la segura, organizan y son buenos administradores, pero su mirada casi nunca ve los procesos, va por los productos. Los promotores son buenos difusores. Un matrimonio ideal es el de un curador con un promotor. Ahora bien, muchos curadores activos actualmente no corresponden a mi personal y subjetiva idea de lo que es un curador y tal vez mi idea sea errónea u obsoleta, pero creo que en su definición se permiten muchas irregularidades que llevan a un aburrimiento que sí puede considerarse candidato de una buena patada de box Thai.

Muchos curadores encuentran en la falta de reglas del arte y de su trabajo, campo óptimo para confundir y hacer pasables las caídas ilegales como buenas. Hay que darles cuenta de protección o pararles la pelea. Asumen demasiadas actividades al mismo tiempo, cosa que conduce a un descontrol de la totalidad y un descuido de las partes. Ha habido algunos que después de manejar obras de arte después de algún periodo equis, llegan a tener la ilusión de un día amanecer y ser artistas bajo el pretexto de que muchos artistas escriben sobre arte, por qué no los críticos (que al mismo tiempo son curadores, promotores, comerciantes, apoderados o aguadores); van a darse el gusto picarón e irónico de mostrar sus obras y auto celebrarse.

El otro falso problema referente a la crítica o a la ausencia de ella, ha sido rebasado de manera ejemplar simplemente haciendo crítica.

Solamente hay que ver quien la hace y cómo, sin descontar a los negritos del arroz. A este respecto, vale la pena decir que casi puedo tomar como última regla universal para los curadores el requisito indispensable de no saber escribir. Son confusos, ilegibles, a veces ignorantes y muchas veces analfabetas funcionales. La otra regla tal vez sea ser muy sensible. Nos encontramos ante un espectro que gira alrededor del arte y que casi nada tiene que ver con el. El riesgo siempre lo sigue poniendo el artista. Cuando ha ocurrido con un curador, se vuelve algo notable, que suele trascender tanto al arte como a la curaduría. Es algo verdaderamente notorio por extraordinario. Como en el box sin reglas, el promotor o el manager no llevan casi nunca un rasguño a casa, el curador diletante, asumido como mosca que gira alrededor del hematoma, tampoco.

Hace poco tiempo ni siquiera existía el término curador, había conservadores, había coordinadores de exposiciones, comisarios, encargados, directores de eventos, ahora, en muchas partes del mundo hay carrera universitaria de curaduría, pero tal vez no haya mucha concordancia entre el currículum de una institución y la otra; como para estudiar arte, una buena parte se aprende en la escuela, pero es mínima en proporción con lo que se aprende a lo largo del desarrollo profesional, como en cualquier campo. Fernando Benítez, el periodista que comió hongos sagrados con María Sabina, dijo en un curso que tomé en la Universidad Nacional: “El periodismo es un oficio que no se aprende en ninguna facultad; el periodismo es un oficio de nalgas, no porque haya que darlas, sino porque hay que pasar horas sentado frente a la máquina, escribiendo”. Esta idea sobre la educación aplica para cualquier campo; también para la curaduría, porque hay que abordar los problemas específicos de este quehacer sobre la solución de problemas específicos y aprender a trabajar siempre en un caso distinto, pues siempre habrá obras y artistas distintos, en momentos y espacios distintos.

Por desgracia, abunda actualmente un tipo de curador que además de no hacer investigación, no generar proyectos interesantes, no saber que sucede en el arte,  ni proponer plataforma conceptual ni formal alguna, usa como estandarte el hecho de ser el amigo de los artistas, abusa, busca protagonizar y no asume ninguna responsabilidad sobre las obras, sobre todo se autoerige como crítico y artista en sus ratos libres. Claro que en la sobrepoblación de curadores, el panorama se hace aburrido. Ya no llama la atención la ausencia de reglas, ya no asustan los diletantes ni los burócratas metamorfeados en mariposas curatoriales, nos hemos hecho tolerante. Nos hemos crecido al castigo.

Vale la pena poner sobre la mesa de discusión el papel de los curadores, qué ideas tienen ello sobre sí mismos, como es que se ha conformado su campo, que reglas,  que, finalmente, debería ponerse cada quien, consigo mismo como sparring, dentro de su propia pelea de sombra.

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In process

centro de las artes / miami / cige 2009 / méxico d.f./

centro de las artes : 26 de febrero /february 26

pronto / coming soon

Daniel Ruanova in Arcaute Contemporary Art

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Political Bio-lence?

Recent studies have shown that –from the neurological point of view- violence in the human being has its origins in an overactive amygdale, a section in the brain generally linked to fear, and in a lower than normal activity in the frontal lobe, which is a region in the brain related to reasoning and self control.

As a result, in great measure, fear itself generates the explosive impulses that lead to violent acts, triggering in turn more fear and so on ad infinitum. However, there is also the certainty that genetics is not always what determines whether or not the individual is to be aggressive since a violent environment is another determining factor that modifies said mental structure.

In that sense, contemporary societies have become perfect breeding grounds to generate violence and insecurity conditions. Never like today have we had out in the open a mixture of helplessness and resignation, as the idea that sordid places were not related to us has become history. Never like today does it seem necessary to have more than faith or apathy.

The point that Daniel Ruanova  has been making for some time in his works, is overwhelmingly linked to his clarity in taking the pulse of a society like Tijuana, which exudes vitality as much as violence, recklessness as much as disenchantment and debauchery and hope. That one that little by little seems endangered or even trade value.

Physically transferring this discourse, besides standing out as an act of resistance, is a political act in the most aristotelic meanings and allows him to maintain the validity of such questions as: At which point in time did we become what we are? When was the last time we felt safe? And above all: Who ever said democracy is perfect?

But be aware, there never appears one bit of commiseration, banal complaint, and least of all, renouncement. If all around us things seem to crumble down and collapse, it is in any case a good excuse for becoming the most skillful of all climbers.

Marco Granados / December 2008

Traslation by Evelyne Trolley de Prévaux