Para qué sirve la curaduría?

Texto  de Carlos Aranda aparecido en múltiples ocasiones y en diversos medios en el que hace una serie de reflexiones en torno a la labor del curador. El propio Aranda imparte un taller con el mismo título en escuelas, talleres y universidades del país y del extranjero.

 

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“Algunos curadores se comportan como si fueran sirvientas que se hubieran adueñado de la casa”

Abraham CruzVillegas

 

I . Las verdades de siempre

La pregunta siempre debe ser planteada al revés: ¿Quién es el curador y por qué todos estamos contra él, incluso otros curadores? Escucho con singular horror la retahíla de insultos que puede recibir la persona encargada de organizar una exposición de artes plásticas. ¿De dónde viene tanto odio? ¿O envidia? Si bien los centros de difusión cultural, sean museos, galerías o espacios alternativos han recibido históricamente (o histéricamente) la misión de legitimar (que es un concepto no muy lejano del de legislar) los procesos de producción artística, entonces podemos entender por qué la posición del curador ha cobrado y en especial para sí misma un estatus bastante considerable de poder. Ahora es el nuevo gurú de la tribu, el nuevo chamán no es el artista como en otros tiempos lo fue. A ojos de los artistas, el curador es un parásito oportunista que selecciona del estro de la época los productos artísticos significativos o no para resignificarlos en un metadiscurso sobre esta misma época.

Bueno, la medicina es tan cara y mala como la enfermedad es incurable, altamente infecciosa y peculiarmente selectiva. Todos vivimos en un sistema de producción capitalista en donde el artista le guste o no produce ideas, acciones u objetos artísticos para ser consumidos/adquiridos para decorar las casas de los pudientes. Si el artista quiere ser reconocido como tal (Richard Wollheim, et. al. ) existen dos subsistemas; el primero es aquel sistema cultural formado por los centros de distribución y difusión cultural, sean museos, galerías o espacios alternativos, directores, curadores, galeristas, críticos, teóricos, nuestros siempre denostados académicos, revistas y en países de economía mixta como el nuestro, el soporte funcional de becas y premios. El otro subsistema es el sistema educativo que nos quiere convencer de que el arte es uno de los bienes espirituales creados por el hombre y qué esta actividad creativa nos separa de los animales. Visto en frío, el arte es un combate perdido contra el tedio, en el que unos nos engañamos a los otros, creyéndonos que hacer arte, exhibirlo, promoverlo, distribuirlo, criticarlo, comprarlo, y coleccionarlo sirve de algo. Nada, sólo sirve para tener estatus, producirlo o comprarlo, punto. Sirve para disculparnos de no poder realmente ser útiles en alguna otra actividad. Quien lo quiera refutar, baste recordar que el arte se torna en artículo de última necesidad en épocas de crisis y la actitud de la burguesía y del gobierno nos lo confirman y no los culpo.

Entonces, volvamos al planteamiento original: ¿Para qué sirven los curadores? En alguna ocasión u otra, el curador ha sido comisario (me imagino a los delincuentes tras las rejas), coordinador de exposiciones (bonito término burocrático y que estuvo en boga durante 50 años), cuidador de colecciones (la acepción original del curador de colecciones de biología en los museos de historia natural), pero indiscutiblemente, hay alguien en alguna parte (museo, galería, compañía privada) que toma decisiones de quien exhibe y qué exhibe. No hay de otra. Los comités de selección curatorial es un pretexto políticamente correcto para desarrollar una función absolutamente déspota. Qué y quién. Según Krystoff Kieslowski “no debe haber demasiadas cabezas dirigiendo, el arte
no es democrático.” El sistema capitalista tampoco.

¿Qué cualidades debe tener el curador? Gulp. Debe ser un Orson Welles, con mentalidad de cualquier filósofo francés post 50 ´s, tener sensibilidad de narradora feminista lesbiana y una cultura inglesa a ultranza, estar mejor informado que los editores de ArtForum, haber hecho un intento al doctorado, sino de la historia del arte, al menos el de la vida, mitad Marie Curie (en su devoción de descubrir cosas nuevas a riesgo de perder la vida), mitad Florence Nightingale (en su dedicación desinteresada en el arte a riesgo de pasar por imbécil), mitad Mae West (por su cinismo social y verbal ante cualquier adversidad, además se merece esa posición), con cuerpo y cara de Keira Knightley  (porque cuerpos gordos o caras feas o muy poco atractivas no pueden vender exposiciones a los posibles patrocinadores), políglota y una elegancia Balenciaga (porque las décadas de los 60 y 70 ya pasaron y fue la última época de ser chic en jeans y playera blanca). Gulp.

Esperamos todo del curador. Porque el curador es nuestro hermano, amigo, cómplice, colega, novio, amante, padre confesor, terapeuta, gourmet, paseaperros, babysitter, gurú maestro, carnalito, ticherzaso, nuestro patrocinador, financiero, prestamista, parásito y aquí se pueden agregar todo lo que falte. Es tan trivial o chic, que en la década de los años 90 del siglo pasado, cualquiera podía ser artista, chef, dj o curador; y encima nos quejamos de no estar en la atención del curador o perdemos nuestros quince minutos de fama o de estima.

 

II. Demasiado guapo para el cine y demasiado torpe para las ciencias.

Soy un observador. Soy un curador. Mi trabajo consiste en ver y sugerir lecturas del mundo. Esas lecturas abarcan campos tan diversos como la música, la literatura y sobre todo, las artes visuales. Soy un curador de arte contemporáneo y ésta es la frase que necesita otras explicaciones a su vez. Al margen de que ustedes comprendan que el término que proviene de los museos de historia natural, la apropiación que se ha hecho en el campo del arte es la siguiente: el curador de arte contemporáneo es la persona encargada de seleccionar las partes integrantes de una exposición y darle una cierta coherencia. Si me preguntan qué es el arte contemporáneo, les diré que es un término histórico relativo que nos conviene usar por el momento. Creo que son los términos más sencillos para explicar un oficio tan mal entendido y tan denostado. Para que ustedes comprendan el problema, el arte contemporáneo comienza con Chardin y Goya y de ahí Manet, Cezánne definitivamente y de ahí el surco se desvía con Picasso y la tradición pictórica con Balthus y otros, cuyos dones son cultivados casi como un arte de las nuevas catacumbas hasta nuestros días y por el otro, Duchamp y la metafísica negativa del arte conceptual.

Tengo otra manera de concebir mi oficio. Todos los artistas sostienen que el curador es un sujeto inventado a finales de la década de los años sesenta del siglo XX por el crecimiento de los museos de arte moderno para controlar la demanda de espacios para exponer sus obras. Y a partir de entonces, los usos y las costumbres encumbraron la figura de una persona que sin ser exactamente historiador del arte aunque necesitara esos estudios, que sin ser exactamente promotor cultural se convirtiera en uno, que sin tener una definición clara de su trabajo obtuviera una fuerza social inusitada que para finales de los años ochenta y principios de los años noventa se había convertido en un auténtico árbitro del gusto y un “dictador” de las tendencias artísticas del momento. Para muchos de nosotros, ésos fueron los años negros, su secuela negativa comienza a
menguar.

Tal vez el mayor problema no era la ostentación del cargo ni los abusos que pudo ejercer, la cuestión más delicada era la colonización de la mirada que implica (ba) cada exposición. Las grandes exposiciones desde When Attitudes Become Form en la Sala de Arte de Berna., Suiza, de 1970 hasta 2501 Migrantes de Alejandro Santiago, el curador siempre modeló los gustos de sus públicos. Al menos eso pensé durante casi diez años de ser curador. Cada paso y mis espectadores estaban echados a perder con mis ideas y mis obsesiones personales. Hasta que un día comencé a relacionar obras e ideas que debían estar juntas en un mismo espacio al mismo tiempo y en ese momento no lo estaban.

Y que la proyección pública de esa perspectiva se daba por un conjunto de fenómenos. Es decir, descubrí que ciertas obras de arte necesitaban compartir determinados espacios y algunos de éstos a su vez exigían un nuevo tapiz de relaciones mentales. Me explico, la curaduría es una lectura del pasado y del presente que sólo entenderemos en el futuro. Es el resultado de un asalto público de sensaciones, sentimientos, tal vez ideas que se expresan en diferentes obras de arte, éstas fueron creados en un pasado reciente, a veces un poco más distante y que mostramos en un presente pero nuestro propósito es que se lean y se entiendan en el futuro.

Una exposición no es un hecho aislado, no es la suma de imágenes ni de objetos ni de ideas y ni mucho menos de obras de arte. Y el catálogo tan exigido hoy en día es una invención reciente dentro de la historia del arte contemporáneo. Una exhibición de arte contemporáneo es un diálogo muy frágil y complejo entre entidades diversas: públicos conocedores y públicos neófitos, entre experiencias sensibles donde se mezclan percepciones, humores, sentimentalidades, recuerdos, sueños, deseos. Una obra de arte siempre es un espejo de nuestro interior, nos atrae y nos repele en la medida de nuestra identificación con ella.

Pero al mismo tiempo, cada obra exige un diálogo espacio-temporal permanente con otras obras y no hablo de una pintura a otra, hablo de una pintura a una película, de un poema a una instalación sonora, de un son bien bailado a una novela, como se ve el trabajo de curador es muy ingrato. Las imágenes visuales son una parte ínfima del problema. Mi trabajo consiste en poner en juego un asalto como situación en donde la complicidad del espectador nos permite hacer circular obras de arte, que fijas un instante breve (valga el pleonasmo) en una galería, un museo o una ponencia encuentran sus mejores ecos en el tiempo. De ahí que una exposición también es una pequeña parte de ese vasto tejido social que es la sociedad y su cultura e historia.

 

 

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Round de sombra

Texto de Abraham Cruzvillegas publicado originalmente en la revista XTAA (Ex Teresa Arte Actual) en el Número Tres correspondiente al tercer trimestre de 1999. Luego con ese mismo nombre tituló su libro editado por Conaculta en 2006, en el que recopila una treintena de textos sobre el arte contemporáneo.  El libro se vende en las librerías Educal y en la Gandhi dentro de una sección llamada Historia, Teoría y Crítica de Arte.

 

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ROUND DE SOMBRA.

Abraham Cruzvillegas

 Balo, un amigo muy cercano, no sólo querido, admirado y respetado, sino también temido por ser practicante de varias artes marciales, nos invitó (a Sofi, al Tasajo y a mí) a un torneo de boxeo tailandés y full-contact, que tuvo como escenario una discoteque de perfil clasemediero llamada La Boom, al norte de esta ciudad, inaugurada a mediados de los años noventa por la menudita actriz Verónica Castro (quien tuvo un hijo con el actor “El Loco” Valdez en los años setenta). El lugar en si no tienen nada que ver con el boxeo ni con las disciplinas orientales, a pesar de que su nombre recuerda al potentísimo italo-americano Ray “Boom-Boom” Mancini, gloria mundial del arte de fistiana cuando yo era un muchacho.

Habían colocado al centro del tugurio un ring reglamentario elaborado por los profesionales de la casa de Cleto Reyes, de seis por seis, con luces en las esquinas neutrales, cuatro cuerdas y ombligonas entre round y round.

El referee era el entrenador de Balo y algunos de los peleadores emergentes del programa entrenan con él. Incluso había dos campeonatos nacionales en disputa. Se anunció e inició la primera pelea, en la que hubo sangre, patadas y cosas extrañas. Contrariamente al boxeo ortodoxo, este deporte –full contacto- tiene reglas muy relajadas y poco asequibles en un sentido deportivo y también como espectáculo.

¿Cómo decide el referee cuándo detener la pelea, cuándo una caída es legal, cuándo hacer conteos de protección, cuándo llamar la atención o descontar puntos? ¿Cómo gana el ganador si no es contundentemente o por Knock-Out? Nadie supo.

De los seis combates, sólo el primero fue ganado por KO efectivo. Yo aprendí que en el boxeo Tahi no se usan botines, que en ambas formas de peleas se pueden usar los dos tipos de guante y que tener líos con cualquiera de aquellos atletas es, literalmente, “ponerse con Sansón a las patadas”. Posteriormente le comenté a Balo que no me habían disgustado las peleas, pero que estaba un poco confundido en relación a las reglas y el riesgo. Él opinó que regularmente, cuando un deporte tiene pocas o no tiene reglas, se vuelva muy aburrido para el que lo contempla. Sin embargo el riesgo lo sigue corriendo el que lo practica.

En este caso no fue para tanto, nos entretuvimos y lo pasamos bomba. Como espectáculo en el que se pone en riesgo la vida de alguien, el empresario es responsable de lo que suceda, sin embargo, el trabajo y el esfuerzo, o la propia vida de un deportista pueden desaparecer de un solo golpe. Todo lo periférico (entrenadores, operadores, aguadores, productores, empresarios, asistentes, sparrings, compadres) De esta actividad, sigue adelante, lamentándose, olvidándose, pero sigue. The show must go on. Pensé que, de manera similar, mucho de arte actual, en su aparente y dispareja falta de reglas, se vuelve aburrido para un buen número de personas, no divierte. Puede detectarse un sector aficionado al arte, un socarrón guiño de ojo experto, para el que sólo hay dos tipos de arte contemporáneo: el feo y el nauseabundo.

Mas allá de este falso problema, el asunto de la reglamentación en el arte es francamente un absurdo y ni modo, se seguirán aburriendo. Cada artista pone y construye sus propias metodologías, reglas, leyes y órdenes; mismas que, muy probablemente, en una buena cantidad de ejemplos, están, han estado y seguirán estando basadas en un conjunto indescifrable por subjetivo, de contradicciones, llamadas estas últimas, por algunos, praxis. Precisamente en estas contradicciones y rupturas está la riqueza de su obra: en el riesgo. La idea del estilo tal vez sea mas agradable o fácil de entender, pero creo que aquí también hay patadas, y las más fuertes son las que se da el artista a sí mismo. Cuando un artista corre riesgos está quitando maleza, está explorando y a veces hace camino que no conducen hacia ningún lado, a veces construye laberintos de los que nunca saldrá. Frentazo tras frentazo. Full-contacto. También aquí hay toda una estructura, tal vez más grande, compleja e indescifrable que el arte contemporáneo mismo: sus sistemas de distribución. Sin embargo quiero hablar tan solo de un micro-aspecto de este macro-enredo: la curaduría.

Sinceramente, creo que como artista, resulta muy difícil afirmar un discurso personal, mantenerlo, reafirmarlo, refrendarlo frecuentemente con obras fresca, personales y además arriesgar. Hay que saber diferenciar entre estilistas y fajadores. También creo que, actualmente no es tan dificultoso el camino para quien quiera proclamarse como curador. Entre los que conozco, creo que hay mas que artistas, respeto a menos de los que me imagino.

Subrepticiamente el paisaje se invadió de curadores. Dijo Raúl El Ratón Macías: “Todo se lo debo a mi manager”. No conozco ningún artista que haya afirmado “todo se lo debo a mi curador”, tampoco conozco a alguno que diga lo mismo pero en un sentido negativo.

¿Que es un curador? ¿Para qué sirve? ¿Cómo se reproduce? Tal vez la primera vez que escuché ese término fue calificando al excéntrico Guillermo Santamarina (a quien había visto actuar en el papel de punk, en la serie televisiva de los ochentas Cachún-cachún ra-ra, producida por Luis de Llano Macedo, hermano de la cantante Julissa). Fue invitado a evaluar, de acuerdo a su experiencia como curador, una exposición en la que participé en el año 1987. Hizo algunas recomendaciones, compuso unas cosas, hizo personales aportaciones a otras, rehízo la muestra, originalmente armada por una señora que tenía mas entusiasmo que conocimiento. De ahí en adelante, la imagen de un curador correspondía con la del Tin-larin (mote que ha hecho célebre a Santamarina). Poco a poco, de manera práctica, colaborando de diversas formas en distintos proyectos del Tin, entendí que el trabajo de un curador es también arte. Entendí que la curaduría es una operación de fenómenos tales como una exposición, una conferencia, un libro, un catálogo de obra, el diseño de museografía, la ejecución de una obra, o todo junto, en forma de sistema de conocimiento. Entendí también que  (para suerte o desgracia de artistas y curadores) regularmente el aspecto comercial de un proyecto no es medular, pero tampoco ajeno a la curaduría. Hay elementos paralelos a este asunto que escapan, por ahora, de mi interés, pero que no son menos importantes, como la actividad  conocida como fund-raising, el patrocinio, la subasta las galerías, el coleccionismo, las fundaciones y la compra-venta de obra. Muchas veces, sin estos elementos, la curaduría no puede funcionar. Como he entendido, la curaduría tampoco consiste en escoger obras y reunirlas a propósito de un pretexto o un tema. Tampoco es tomar un tema y solicitar la realización de obras sobre el.

Es un trabajo mucho más arduo, que implica visitas regulares  a los centro de trabajo de los artistas (lo que antes se conocía, de manera más romántica, como la visita al estudio), conocer sus ideas, conocer su obra en el largo plazo. El curador sabe cuándo los artistas corren riesgos y cuándo activar procesos de dialogo con ellos y con otros artistas.

 El curador no es necesariamente un promotor. Regularmente los promotores van a la segura, organizan y son buenos administradores, pero su mirada casi nunca ve los procesos, va por los productos. Los promotores son buenos difusores. Un matrimonio ideal es el de un curador con un promotor. Ahora bien, muchos curadores activos actualmente no corresponden a mi personal y subjetiva idea de lo que es un curador y tal vez mi idea sea errónea u obsoleta, pero creo que en su definición se permiten muchas irregularidades que llevan a un aburrimiento que sí puede considerarse candidato de una buena patada de box Thai.

Muchos curadores encuentran en la falta de reglas del arte y de su trabajo, campo óptimo para confundir y hacer pasables las caídas ilegales como buenas. Hay que darles cuenta de protección o pararles la pelea. Asumen demasiadas actividades al mismo tiempo, cosa que conduce a un descontrol de la totalidad y un descuido de las partes. Ha habido algunos que después de manejar obras de arte después de algún periodo equis, llegan a tener la ilusión de un día amanecer y ser artistas bajo el pretexto de que muchos artistas escriben sobre arte, por qué no los críticos (que al mismo tiempo son curadores, promotores, comerciantes, apoderados o aguadores); van a darse el gusto picarón e irónico de mostrar sus obras y auto celebrarse.

El otro falso problema referente a la crítica o a la ausencia de ella, ha sido rebasado de manera ejemplar simplemente haciendo crítica.

Solamente hay que ver quien la hace y cómo, sin descontar a los negritos del arroz. A este respecto, vale la pena decir que casi puedo tomar como última regla universal para los curadores el requisito indispensable de no saber escribir. Son confusos, ilegibles, a veces ignorantes y muchas veces analfabetas funcionales. La otra regla tal vez sea ser muy sensible. Nos encontramos ante un espectro que gira alrededor del arte y que casi nada tiene que ver con el. El riesgo siempre lo sigue poniendo el artista. Cuando ha ocurrido con un curador, se vuelve algo notable, que suele trascender tanto al arte como a la curaduría. Es algo verdaderamente notorio por extraordinario. Como en el box sin reglas, el promotor o el manager no llevan casi nunca un rasguño a casa, el curador diletante, asumido como mosca que gira alrededor del hematoma, tampoco.

Hace poco tiempo ni siquiera existía el término curador, había conservadores, había coordinadores de exposiciones, comisarios, encargados, directores de eventos, ahora, en muchas partes del mundo hay carrera universitaria de curaduría, pero tal vez no haya mucha concordancia entre el currículum de una institución y la otra; como para estudiar arte, una buena parte se aprende en la escuela, pero es mínima en proporción con lo que se aprende a lo largo del desarrollo profesional, como en cualquier campo. Fernando Benítez, el periodista que comió hongos sagrados con María Sabina, dijo en un curso que tomé en la Universidad Nacional: “El periodismo es un oficio que no se aprende en ninguna facultad; el periodismo es un oficio de nalgas, no porque haya que darlas, sino porque hay que pasar horas sentado frente a la máquina, escribiendo”. Esta idea sobre la educación aplica para cualquier campo; también para la curaduría, porque hay que abordar los problemas específicos de este quehacer sobre la solución de problemas específicos y aprender a trabajar siempre en un caso distinto, pues siempre habrá obras y artistas distintos, en momentos y espacios distintos.

Por desgracia, abunda actualmente un tipo de curador que además de no hacer investigación, no generar proyectos interesantes, no saber que sucede en el arte,  ni proponer plataforma conceptual ni formal alguna, usa como estandarte el hecho de ser el amigo de los artistas, abusa, busca protagonizar y no asume ninguna responsabilidad sobre las obras, sobre todo se autoerige como crítico y artista en sus ratos libres. Claro que en la sobrepoblación de curadores, el panorama se hace aburrido. Ya no llama la atención la ausencia de reglas, ya no asustan los diletantes ni los burócratas metamorfeados en mariposas curatoriales, nos hemos hecho tolerante. Nos hemos crecido al castigo.

Vale la pena poner sobre la mesa de discusión el papel de los curadores, qué ideas tienen ello sobre sí mismos, como es que se ha conformado su campo, que reglas,  que, finalmente, debería ponerse cada quien, consigo mismo como sparring, dentro de su propia pelea de sombra.