Algunos de mis mejores amigos son curadores

Mónica Mayer. En palabras de su website  www.pintomiraya.com.mx es una artista visual que nació en la ciudad de México en 1954. Estudio Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) en México y posteriormente obtuvo una maestría en Sociología del Arte en Goddard College en Estados Unidos. Ha expuesto ampliamente en México y el extranjero, tanto individual como colectivamente y ha presentado más de un centenar de performances. Mayer es columnista del periódico El Universal desde 1989 y ha publicado en diversas revistas nacionales y extrajeras como Performance Research. Es fundadora del grupo de arte feminista Polvo de Gallina Negra (1983 – 1993) junto con Maris Bustamante y del espacio conceptual Pinto mi Raya con Víctor Lerma.

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Lo siguiente es un extracto de su participación en el II Simposio de Arte Contemporáneo en la UDLA-Puebla el 15 de Noviembre del ya lejano año de 2002. Y aquí arriba es ella arrullando el corazón de turuntuneando de cuyo flickr  se desprende la imagen.

… Yo no tengo nada en contra de la curaduría e incluso algunos de mis mejores amigos son curadores. Como buena setentera creo en el trabajo en equipo y entiendo el fenómeno del arte como algo que sucede cuando existe un sistema artístico que permite que fluyan ideas y energías. Cuando estudié en el Woman’s Building en Los Angeles a finales de los setentas, vi como trabajaban en equipo artistas, curadoras, historiadoras, críticas, organizaciones políticas, coleccionistas y un público comprometido. Recuerdo exposiciones memorables como la presentación de la exposición The Dinner Party de Judy Chicago en San Francisco a la que llegaron 250 mil personas de todo Estados Unidos porque esta obra que celebraba la participación de las mujeres en la cultura occidental se sentía como un logro colectivo en el que todos, desde las artistas hasta el público eran importantes. Pero también vi proyectos como el Great American Lesbian Art Show o El Incest Awareness Show cuya importancia artística y política sólo era comparable con su impacto real en la vida de muchas personas.

Yo misma como artista feminista, sola o en bola, he curado un montón de exposiciones desde los setentas tales como Collage Íntimo, que fue la primera exposición de arte feminista en México, Lo Normal, que fue una divertida exposición de mujeres artistas en la Casa de la Cultura Bondojito, Mujeres Artistas/Artistas Mujeres para el Museo de Bellas Artes de Toluca, La Fiesta de Quince Años en la Academia de San Carlos y en los últimos años me he echado varios eventos de performance nacionales e internacionales. Y, como Pinto mi Raya, gran parte de los proyectos de arte conceptual aplicado que hemos desarrollado Víctor Lerma y yo, han tenido que ver con la curaduría de exposiciones que cuestionen la curaduría, como Madrecitas: Obra de Pequeño Formato que abrimos a quien quisiera participar, Neo-Cursi: Artistas que realmente saben Amar a la que invitamos a parejas de artistas, Gráfica Periférica que reunió la historia de la gráfica electrónica desde los setentas o De Crítico, Artista y Loco…. a la que invitamos a 36 críticos y curadores a presentar obra plástica mientras que los artistas se lanzaban a escribir en sus columnas. Entiendo bien la importancia de la curaduría. Quizá parte del malestar de la curaduría es que se ha perdido la ilusión de que el arte sirve para algo y a que muchos curadores están demasiado ocupados tratando de seguir la norma de lo que debe ser un “AUTÉNTICO CURADOR DE ARTE CONTEMPORÁNEO” y cruzando los deditos para que algún día los inviten a curar Documenta, como para atreverse a desarrollar propuestas diferentes.

Más aún, la curaduría, si la entendemos como las acciones necesarias para conceptualizar, contextualizar, producir, insertar y asegurar la permanencia de las propuestas artísticas, es una actividad fundamental. Pero, al igual que la crítica, la museografía, el mercado, etc., es preferible que estén al lado del trabajo artístico, no enfrente. No hay nada que deteste más que los colegas dispuestos a hacer obra al son que les toque la moda, el mercado o los curadores. Y tan detestable me parecía cuando los pintores atendían gustosos al llamado de Teresa del Conde de a parafrasear cuadros famosos como le dio por hacer en una época, como cuando los artistas neo-conceptualosos le entran al juego de Hans Ulrich Obrist y siguen al pie de la letra sus instrucciones como en la exposición DO IT. A mí los artistas que me interesan son los que no se sienten animalitos del bosque indefensos que tienen que poner su vida en manos de críticos y curadores. Los que tienen la claridad para escribir, organizar y hasta cambiar la sociedad cuando hace falta. Y los curadores que me interesan son los que tienen la sabiduría de batear con las bolas que les lanzan los artistas y meten tremendos jonrones. Admiro a los curadores que saben dialogar con la realidad; a los que hacen visibles las realidades artísticas que otros no ven; a los poderosos. Parte del Malestar de la Curaduría es que han confundido los juegos de poder con el verdadero poder y muchos artistas, por alguna extraña razón, prefieren quejarse que hacer algo al respecto.

No sólo no tengo nada en contra de los curadores, sino que uno de mis grandes placeres es disfrutar una exposición congruente, equilibrada e inteligente, bien curada. Me gusta cuando los curadores son artistas, ya sea porque campechanean la producción artística con esta actividad en espacios alternativos que han abierto sin esperarse a que alguien los venga a descubrir y a tocarlos con la barita mágica de la legitimidad o cuando invaden espacios institucionales como la reciente exposición en el Museo Carrillo Gil sobre Ulises Carrión curada por la artista Martha Hellion. Son artistas y curadores de primera. Son gente apasionada y comprometida. También soy fan de curadores serios como Olivier Debroise de quien nunca olvidaré una espléndida exposición en el MUNAL que me redescubrió a Siqueiros o de Carlos Aranda por presentarme a muchos artistas jóvenes de distintos Estados de la República. Para mí ellos también son curadores y creadores de primera.

¡Ojalá hubiera más curadores independientes o institucionales chidos! Por desgracia lo que abundan son organizadores de exposiciones, que no curadores, que por ignorancia, por flojera, por falta de creatividad o por intereses personales, siempre se limitan a invitar a los artistas de su establo, o a sus imitadores. Me producen aún más malestar las exposiciones o eventos que sólo son una pantalla para fortalecer las relaciones públicas del curador. También veo demasiadas exposiciones en las que el curador chafea y se olvida del público, he visto algunas que son un homenaje a la hueva en las que la lista de curadores era casi tan larga como las de los artistas y muchas en las que el único nombre que destaca en una muestra es el del curador. No dudo que gran parte del malestar de la curaduría sea porque hay muchos trepadores ignorantes usurpando los puestos de los verdaderos curadores.

En México el MALESTAR DE LA CURADURÍA es un fenómeno más o menos reciente. Yo diría que empezó hace tres o cuatro años y se agudizó hace dos años. La curaduría misma era algo medio invisible hasta hace poco. Hace quince años el término mismo era inusual. Quizá por eso, a mí ni siquiera se me ocurre poner en mi currículum que soy curadora, a pesar de que he curado cerca de 50 exposiciones y eventos de performance. Según yo, pero aquí hay muchos otros testigos de la historia que me podrán contradecir, los orígenes del actual MALESTAR DE LA CURADURÍA son resultado del éxito de la Feria de Arte de Guadalajara y el Foro Internacional de Teoría de Arte Contemporáneo, el FITAC, cuyas distintas versiones fueron organizadas por Guillermo Sanatmarina, por Osvaldo Sánchez y Rubén Gallo.

Yo recuerdo todavía aquella primera feria en la que participaron 14 galerías, la mayoría mexicanas. Creo que la única internacional era una Búlgara que quien sabe porqué diablos llegó a México. Al foro vinieron críticos y curadores internacionales a México, desde Edward Sullivan hasta Gerardo Mosquera, pasando por Bélgica Rodríguez. Los había del mainstream y los más radicales e independientes. Hasta la selección de participantes mexicanos era bastante plural. A lo largo de los años la cantidad de galerías participantes creció. Los organizadores del Foro y de la Feria hicieron muy bien su trabajo. Llegaron los coleccionistas internacionales, los altos funcionarios y los curadores de primeras ligas. Llegaron los peces gordos… y se comieron a los chiquitos. En el resto del mundo empezaban a ponerse de moda las grandes bienales, de las cuales ahora hay más de sesenta, por lo que México entró bien al partido. Por lo menos entró, lo que ya es en sí mismo es un gran logro porque durante muchos años habíamos sido menos que invisibles. Al Estado le gustó el numerito, que estaba muy bien armado, que le servía muy bien, apoyó el proyecto y se paró el cuello. Poco a poco se formó un excelente equipo: Curadores, galeros, críticos, organizaciones como PAC, funcionarios, coleccionistas y en algún lugar los artistas que perdieron algo de su encanto protagónico en el camino, excepto Gabriel Orozco que es como la Salma Hayek del arte contemporáneo mexicano.

Todo esto coincidió con un cambio generacional de poder en el arte. Poco a poco se empezaron a colar los curadores locales con aroma internacional a los museos. De repente, con el cambio de sexenio, tomaron por asalto el sistema y acabaron dirigiendo los principales museos de arte contemporáneo de la ciudad de México. Y lo que funcionó muy bien como grupo de vanguardia- y me refiero al término militar- con todo el derecho de promover una línea muy particular del arte, a la hora de convertirse en institución pública, resultó una horma muy estrecha. Quizá el malestar de la curaduría es que se ha convertido en un club de Toby muy exclusivo. Pero la bronca no radica en que haya clubs de Toby, mafias, o células eficientes y comprometidas, que en mi opinión son necesarias. La bronca es que sólo exista, sólo se vea o sólo se apoye a uno.

Algunos de mis mejores amigos son curadores y curiosamente nunca los invitan a las mesas redondas en las que se habla de curaduría. Hay curadores de instituciones grandes y chiquitas, de espacios universitarios, de los que organizan exposiciones para el metro, de los que están abriendo brecha en áreas como Tlalnepantla o Ciudad Neza, hay curadores encargados de hacer que sucedan exposiciones en pueblitos como Tenango del Aire y los que llevan exposiciones a las cárceles. Parece que la experiencia de todos ellos ni siquiera se toma en cuenta o no cuentan como curadores. Yo creo que en parte el malestar de la curaduría, o de lo que se ha autodenominado como LA CURADURÍA, se debe a que se puso una faja demasiado apretada.

Pero creo que la causa real del malestar de la curaduría es que no existe. En términos de la realidad del arte, en México la crítica y la curaduría simple y sencillamente no existen. Dicen las estadísticas que en México hay 30 mil artistas. Según el archivo de Pinto mi Raya hay 300 personas, entre escritores, artistas, investigadores y críticos, que escriben sobre arte esporádicamente y más o menos 20 que lo hacen en forma regular. A ojo de buen cubero, tomando en cuenta la cantidad de museos de arte contemporáneo que hay en México, yo diría que si hay 50 curadores en todo el país dedicados al arte contemporáneo, es mucho. De éstos, cuando mucho la cuarta parte tiene poder de decisión en términos conceptuales y más bien se encargan de aspectos de logística. La mayoría de los artistas ya podemos ir aceptando la triste realidad de que jamás ningún crítico y ningún curador nos va a pelar. O nos resignamos, o asumimos el paquete. Es más fácil salir en las páginas del HOLA que ser tomado en cuenta por un curador de arte contemporáneo.

Sin embargo, a los pobres curadores, más que temerlos, deberíamos tenerles lástima. En los dedos de mis manos caben los curadores independientes que viven exclusivamente de curar exposiciones de arte contemporáneo. A los que trabajan en museos los tratan de la fregada porque como empleados de confianza carecen de seguridad en la chamba. No hay una escuela en dónde estudiar curaduría, ni materiales bibliográficos, ni una revista especializada. El malestar de la curaduría debe ser el reflejo del lo que sienten los curadores al trabajar en un medio tan adverso.

A manera de conclusión yo diría que los malestares de la curaduría son muchos, porque no hay una, sino muchas curadurías. Podemos pensar en la curaduría como la tiranía de un grupúsculo y retorcernos de coraje. Pero si ya se murió el arte y ya se terminó la historia, quizá es buen momento para acabar con la curaduría. Yo prefiero pensar en ella como en un terreno virgen y fértil sobre el que artistas, curadores, críticos y hasta el público puede transitar. Prefiero pensar en que podemos cultivar muchas curadurías. Lo único que les suplico es que, por favor, ya pasemos a otros temas.

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Para qué sirve la curaduría?

Texto  de Carlos Aranda aparecido en múltiples ocasiones y en diversos medios en el que hace una serie de reflexiones en torno a la labor del curador. El propio Aranda imparte un taller con el mismo título en escuelas, talleres y universidades del país y del extranjero.

 

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“Algunos curadores se comportan como si fueran sirvientas que se hubieran adueñado de la casa”

Abraham CruzVillegas

 

I . Las verdades de siempre

La pregunta siempre debe ser planteada al revés: ¿Quién es el curador y por qué todos estamos contra él, incluso otros curadores? Escucho con singular horror la retahíla de insultos que puede recibir la persona encargada de organizar una exposición de artes plásticas. ¿De dónde viene tanto odio? ¿O envidia? Si bien los centros de difusión cultural, sean museos, galerías o espacios alternativos han recibido históricamente (o histéricamente) la misión de legitimar (que es un concepto no muy lejano del de legislar) los procesos de producción artística, entonces podemos entender por qué la posición del curador ha cobrado y en especial para sí misma un estatus bastante considerable de poder. Ahora es el nuevo gurú de la tribu, el nuevo chamán no es el artista como en otros tiempos lo fue. A ojos de los artistas, el curador es un parásito oportunista que selecciona del estro de la época los productos artísticos significativos o no para resignificarlos en un metadiscurso sobre esta misma época.

Bueno, la medicina es tan cara y mala como la enfermedad es incurable, altamente infecciosa y peculiarmente selectiva. Todos vivimos en un sistema de producción capitalista en donde el artista le guste o no produce ideas, acciones u objetos artísticos para ser consumidos/adquiridos para decorar las casas de los pudientes. Si el artista quiere ser reconocido como tal (Richard Wollheim, et. al. ) existen dos subsistemas; el primero es aquel sistema cultural formado por los centros de distribución y difusión cultural, sean museos, galerías o espacios alternativos, directores, curadores, galeristas, críticos, teóricos, nuestros siempre denostados académicos, revistas y en países de economía mixta como el nuestro, el soporte funcional de becas y premios. El otro subsistema es el sistema educativo que nos quiere convencer de que el arte es uno de los bienes espirituales creados por el hombre y qué esta actividad creativa nos separa de los animales. Visto en frío, el arte es un combate perdido contra el tedio, en el que unos nos engañamos a los otros, creyéndonos que hacer arte, exhibirlo, promoverlo, distribuirlo, criticarlo, comprarlo, y coleccionarlo sirve de algo. Nada, sólo sirve para tener estatus, producirlo o comprarlo, punto. Sirve para disculparnos de no poder realmente ser útiles en alguna otra actividad. Quien lo quiera refutar, baste recordar que el arte se torna en artículo de última necesidad en épocas de crisis y la actitud de la burguesía y del gobierno nos lo confirman y no los culpo.

Entonces, volvamos al planteamiento original: ¿Para qué sirven los curadores? En alguna ocasión u otra, el curador ha sido comisario (me imagino a los delincuentes tras las rejas), coordinador de exposiciones (bonito término burocrático y que estuvo en boga durante 50 años), cuidador de colecciones (la acepción original del curador de colecciones de biología en los museos de historia natural), pero indiscutiblemente, hay alguien en alguna parte (museo, galería, compañía privada) que toma decisiones de quien exhibe y qué exhibe. No hay de otra. Los comités de selección curatorial es un pretexto políticamente correcto para desarrollar una función absolutamente déspota. Qué y quién. Según Krystoff Kieslowski “no debe haber demasiadas cabezas dirigiendo, el arte
no es democrático.” El sistema capitalista tampoco.

¿Qué cualidades debe tener el curador? Gulp. Debe ser un Orson Welles, con mentalidad de cualquier filósofo francés post 50 ´s, tener sensibilidad de narradora feminista lesbiana y una cultura inglesa a ultranza, estar mejor informado que los editores de ArtForum, haber hecho un intento al doctorado, sino de la historia del arte, al menos el de la vida, mitad Marie Curie (en su devoción de descubrir cosas nuevas a riesgo de perder la vida), mitad Florence Nightingale (en su dedicación desinteresada en el arte a riesgo de pasar por imbécil), mitad Mae West (por su cinismo social y verbal ante cualquier adversidad, además se merece esa posición), con cuerpo y cara de Keira Knightley  (porque cuerpos gordos o caras feas o muy poco atractivas no pueden vender exposiciones a los posibles patrocinadores), políglota y una elegancia Balenciaga (porque las décadas de los 60 y 70 ya pasaron y fue la última época de ser chic en jeans y playera blanca). Gulp.

Esperamos todo del curador. Porque el curador es nuestro hermano, amigo, cómplice, colega, novio, amante, padre confesor, terapeuta, gourmet, paseaperros, babysitter, gurú maestro, carnalito, ticherzaso, nuestro patrocinador, financiero, prestamista, parásito y aquí se pueden agregar todo lo que falte. Es tan trivial o chic, que en la década de los años 90 del siglo pasado, cualquiera podía ser artista, chef, dj o curador; y encima nos quejamos de no estar en la atención del curador o perdemos nuestros quince minutos de fama o de estima.

 

II. Demasiado guapo para el cine y demasiado torpe para las ciencias.

Soy un observador. Soy un curador. Mi trabajo consiste en ver y sugerir lecturas del mundo. Esas lecturas abarcan campos tan diversos como la música, la literatura y sobre todo, las artes visuales. Soy un curador de arte contemporáneo y ésta es la frase que necesita otras explicaciones a su vez. Al margen de que ustedes comprendan que el término que proviene de los museos de historia natural, la apropiación que se ha hecho en el campo del arte es la siguiente: el curador de arte contemporáneo es la persona encargada de seleccionar las partes integrantes de una exposición y darle una cierta coherencia. Si me preguntan qué es el arte contemporáneo, les diré que es un término histórico relativo que nos conviene usar por el momento. Creo que son los términos más sencillos para explicar un oficio tan mal entendido y tan denostado. Para que ustedes comprendan el problema, el arte contemporáneo comienza con Chardin y Goya y de ahí Manet, Cezánne definitivamente y de ahí el surco se desvía con Picasso y la tradición pictórica con Balthus y otros, cuyos dones son cultivados casi como un arte de las nuevas catacumbas hasta nuestros días y por el otro, Duchamp y la metafísica negativa del arte conceptual.

Tengo otra manera de concebir mi oficio. Todos los artistas sostienen que el curador es un sujeto inventado a finales de la década de los años sesenta del siglo XX por el crecimiento de los museos de arte moderno para controlar la demanda de espacios para exponer sus obras. Y a partir de entonces, los usos y las costumbres encumbraron la figura de una persona que sin ser exactamente historiador del arte aunque necesitara esos estudios, que sin ser exactamente promotor cultural se convirtiera en uno, que sin tener una definición clara de su trabajo obtuviera una fuerza social inusitada que para finales de los años ochenta y principios de los años noventa se había convertido en un auténtico árbitro del gusto y un “dictador” de las tendencias artísticas del momento. Para muchos de nosotros, ésos fueron los años negros, su secuela negativa comienza a
menguar.

Tal vez el mayor problema no era la ostentación del cargo ni los abusos que pudo ejercer, la cuestión más delicada era la colonización de la mirada que implica (ba) cada exposición. Las grandes exposiciones desde When Attitudes Become Form en la Sala de Arte de Berna., Suiza, de 1970 hasta 2501 Migrantes de Alejandro Santiago, el curador siempre modeló los gustos de sus públicos. Al menos eso pensé durante casi diez años de ser curador. Cada paso y mis espectadores estaban echados a perder con mis ideas y mis obsesiones personales. Hasta que un día comencé a relacionar obras e ideas que debían estar juntas en un mismo espacio al mismo tiempo y en ese momento no lo estaban.

Y que la proyección pública de esa perspectiva se daba por un conjunto de fenómenos. Es decir, descubrí que ciertas obras de arte necesitaban compartir determinados espacios y algunos de éstos a su vez exigían un nuevo tapiz de relaciones mentales. Me explico, la curaduría es una lectura del pasado y del presente que sólo entenderemos en el futuro. Es el resultado de un asalto público de sensaciones, sentimientos, tal vez ideas que se expresan en diferentes obras de arte, éstas fueron creados en un pasado reciente, a veces un poco más distante y que mostramos en un presente pero nuestro propósito es que se lean y se entiendan en el futuro.

Una exposición no es un hecho aislado, no es la suma de imágenes ni de objetos ni de ideas y ni mucho menos de obras de arte. Y el catálogo tan exigido hoy en día es una invención reciente dentro de la historia del arte contemporáneo. Una exhibición de arte contemporáneo es un diálogo muy frágil y complejo entre entidades diversas: públicos conocedores y públicos neófitos, entre experiencias sensibles donde se mezclan percepciones, humores, sentimentalidades, recuerdos, sueños, deseos. Una obra de arte siempre es un espejo de nuestro interior, nos atrae y nos repele en la medida de nuestra identificación con ella.

Pero al mismo tiempo, cada obra exige un diálogo espacio-temporal permanente con otras obras y no hablo de una pintura a otra, hablo de una pintura a una película, de un poema a una instalación sonora, de un son bien bailado a una novela, como se ve el trabajo de curador es muy ingrato. Las imágenes visuales son una parte ínfima del problema. Mi trabajo consiste en poner en juego un asalto como situación en donde la complicidad del espectador nos permite hacer circular obras de arte, que fijas un instante breve (valga el pleonasmo) en una galería, un museo o una ponencia encuentran sus mejores ecos en el tiempo. De ahí que una exposición también es una pequeña parte de ese vasto tejido social que es la sociedad y su cultura e historia.